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domingo, 4 de septiembre de 2011

1950: 'Juanito Rumi' descubre la fundición de La Oroya*


«A medida que avanzaba divisé, al otro lado del río, enormes cables que cruzaban el espacio. Los carros suspendidos de algunos de estos cables iban y venían, volcaban sus cargamentos de escoria a ritmos sincronizados y, nuevamente, retornaban al lugar de partida. Altas torres de acero sostenían en sus enormes brazos metálicos, racimos de relucientes aisladores que sujetaban una enmarañada red de alambres. Un tenue humo azulado provocaba agudo escozor en los ojos, nariz y garganta. Las pequeñas locomotoras que halaban diminutos carros, producían un gran estruendo con su pitar incesante. Altos edificios grises, con innumerables ventanas, parecían enormes presidios.
Mientras caminaba vi aparecer, detrás de aquellas ventanas, rostros de seres fantasmales que miraban brevemente hacia afuera y luego desaparecían como tragados por la negra vorágine de ruidos y de polvo.
Como me hallaba extenuado por la larga caminata, quise entrar a la fundición a descansar; pero en el momento que iba trasponer una valla colocada sobre la ferrovía, una voz me detuvo con un estentóreo: ¡ALTO! Era la voz de un hombre vestido con un overol azul, sombrero de jebe y un largo y arrugado capote que le cubría hasta las pantorrillas. Esgrimiendo un grueso foete retorcido con la única mano que tenía, se aproximó con aire amenazador y me gritó:

–¿A dónde vas?
Allá adentro, señor respondí.
Por acá está prohibido pasar. Este es propiedad de la compañía y nadie pasa. 
Pero señor imploré estoy cansado y no conozco otro camino.
Ajá, carajo, entonces, tú eres uno de esos perdidos, ¿no?
–No, señor, me voy donde mi tío que está allá adentro –dije señalando con el índice la fundición.
–Qué tío ni qué cojudeces, ahora mismo te largas.

Obedeciendo a las airadas órdenes del guardián, regresé hasta llegar a una curva de la ferrovía. Allí bajé a la cuneta, me senté sobre la suave tierra que se deslizó bajo mi peso, y, a los pocos instantes me quedé dormido. Cuando desperté, había oscurecido.

El ruido de la fundición, en el silencio de la noche, se hacía más nítido. Las llamaradas rojizas de los reverberos, en grandes ráfagas, iluminaban el espacio a largos intervalos. En la garita del guardián una linterna oscilaba impelida por el viento de la noche, y su débil y blanquecina luz parpadeaba perezosamente.

Después de meditar unos instantes, sobre el mejor sitio donde podría pasar la noche, decidí entrar en la fundición, burlando la vigilancia del guardián. Para no hacer ruido al caminar sobre el ripio, me quité los zapatos y cautelosamente, me aproximé. Cuando llegué cerca de la garita me detuve a escuchar. Por una de las ventanillas vi, inmóvil, el sombrero del guardián. Venciendo el miedo que me dominaba, me agaché y de puntillas pasé por detrás de la caseta. Instantes después ingresaba a ese mundo de ruidos ensordecedores y flamígeras visiones. Tenía miedo. Había instantes que deseaba correr desesperadamente y buscar refugio bajo las enormes vigas de hierro que, como rígidos centinelas, me obstruían el paso. Cada estrépito hacía aumentar el miedo cerval que sentía por lo desconocido. No sabía a dónde ir y no tenía por quién preguntar. En ese instante recordé la tranquila y lejana aldea donde nací. Me invadió una tremenda angustia y el llanto me brotó incontenible. A esa hora, la lluvia comenzó a caer silenciosamente. 

Protegiéndome bajo las sombras de las ciclópeas estructuras de acero, recorrí cautelosamente un largo trecho en busca de un lugar abrigado donde dormir. Subí varias escaleras de hierro y al mirar por la primera ventana que hallé, me quedé como paralizado de estupor. Jamás soñé con tan sin igual espectáculo. Se me contrajo el corazón de temor, cuando vi unos hombres que en veloces grúas cruzaban sobre las rojas llamaradas de las descomunales tazas de mineral hirviente. Había obreros desnudos hasta la cintura que, sudando copiosamente, desprendían con largos tridentes las costras de metal adheridas a las paredes de los enormes crisoles. Los motoristas que conducían sobre esos candentes infiernos sus gigantescas grúas, absorbían insensibles el acre y azulado humo que hacía lagrimear y desgarraba la garganta. ¡Qué diferente era la vida en este lugar! Frente a ese espectáculo jamás soñado, me quedé quieto y estupefacto».
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* Fragmento de El Retoño, novela publicada en 1950, cuyo autor es el escritor jaujino Julián Huanay.